Lo que puede fallar en Disney: crónica de nuestra visita a Magic Kingdom

Marina Roco
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Escuchamos a agentes y creadores de contenidos hablar sobre cosas que pueden salir “fuera de lo planificado”: manejar las expectativas, no desesperar cuando las cosas no salen como diseñamos… Que no todas las personas tienen el mismo nivel de entusiasmo que aquel de la familia que se ocupa de armado del viaje, que -aunque nos resulte inverosímil- hay personas que no aman a Disney como quién suscribe. Mientras organizaba el primer viaje de mi marido y mis hijos a Orlando, no terminaba de comprender cabalmente esos conceptos.

Contexto: soy fan de Disney, amo los parques. Ni mi esposo -se dedica a sistemas, es fan de los videojuegos y de Star Wars- , ni mis hijos -varones, adolescentes de 17 y 13- habían viajado a Orlando.

Necesitaba que ellos experimentaran la magia y la emoción que me genera siempre la idea de volver. Los imaginaba con sus caras llenas de asombro. Y para sumar más expectativas, soy extremadamente obsesiva del orden, la organización y el control. Qué pésima combinación. Claro que eso no lo sabía antes de embarcar.

Disclaimer y spoiler: Fue el mejor viaje de la vida de los cuatro. Juntos y por separado, la mejor experiencia que tuvimos como familia de vacaciones, tres semanas inolvidables. Pero… algunas cosas pueden fallar. 

Ya en Miami comenzaron las primeras señales: en cuanto el avión aterrizó, en Argentina el dólar daba un salto de 750 a 1000 pesos. Una lloradita – real con lágrimas- y a seguir. En la tarjeta de embarque nos figuraba otra puerta, casi nos quedamos sin tramo a Orlando. Corrimos más de 40 puertas de embarque que nos separaban de la salida equivocada a Charlotte y nuestro destino real, a la misma hora.

¿Sabían que en Acción de Gracias casi todo está cerrado? Dato que se me pasó por alto. Los primeros días parábamos en un hotelito sin más que desayuno. A la hora de la cena dimos varias vueltas en el auto hasta dar con la más sospechosa de las pizzerías en uno de esos centros comerciales pequeños, mal iluminados y medio vacíos: NY pizzas & wings Kabab house. Lo único abierto en la zona. Porque también hay lugar para la aventura extrema, pidieron una de pepperoni que -a la luz de la falta de higiene del local- podría haber sido una apuesta a la salud gastrointestinal. No podíamos dejar de reírnos y, contra todo pronóstico, al día siguiente estaban bien los tres. Hoy el lugar está clausurado por ser un peligro para la salud.

 Después de algunos días de compras posteriores a Acción de Gracias, en los que no pude llegar a primera hora a los Disney´s Character Warehouse (en los Premium Outlets), cambiamos de hotel al Drury de la zona de Disney Springs (un hotel «Buenos Vecinos»).  Me preparaba para comenzar el lunes en Magic Kingdom. ¡Por lejos la jornada que más había planificado al detalle!

En resumidas cuentas: desayunando deberíamos lograr la fila virtual a Tron, tomar el colectivo de las 7.30, aprovechar las Early Hours para admirar Main Street y el castillo, hacer Seven Dwarfs Mine Train y luego -dependiendo del número de grupo de Tron- hacer Fantasyland, Tomorrowland y almorzar en Columbia Hourbor House en Liberty Square. Por la tarde Adventureland y Frontierland. Para tener tiempo de recorrer la zona del Castillo y Main Street tranquilos antes de Happily Ever After.

Despertador a las 6.15 am, levantar a mi tropa. La ansiedad de refrescar una y otra vez la página de fila virtual a Tron, hasta tener éxito. Pero no desayunando, sino aún en el cuarto. Plan A de recorrido en marcha, con una leve demora, que se vio acrecentada por mis hijos dando vueltas para vestirse y desayunar como si no hubiera un mañana. A no desesperar, perder el segundo colectivo de las 7.30 am no nos iba a impedir ingresar temprano al parque. ¿Perder el tercero y el cuarto porque mi hijo mayor debía ir al baño? A partir de ese día se levantarían más temprano, entonces. Salimos 8.30 finalmente.

El monorriel no funcionaba, caos para subir al ferry. Todos sonrientes. Entramos a Magic Kingdom, los tres ya me observaban, cuando finalmente distingo a través de las lágrimas el castillo… “Ay ma, no te pongas así… TAMPOCO ES PARA TANTO”. Creo que las lágrimas pegaron la vuelta a los ojos, porque no podía creer lo que escuchaba. En una milésima de segundo me arrepentí haber esperado años a que fueran más grandes para que se acuerden y puedan subirse a todo. Debe ser imperdible ir con los hijos pequeños, cuando aún creen que la magia es real, conservan la inocencia y viven los encuentros con personajes como si fuese real y no con un murmurado “¿Cuánto calor crees que puede tener ese que está ahí adentro?”. Dejar ir la idea de a conocer a Mickey o a cualquier otro personaje. Después del shock inicial, ya me reía con ellos de sus ocurrencias.

Consideré que el número 37 de la fila virtual de Tron era bajo y que nos llamarían temprano por lo que decidimos comenzar por Tomorrowland. Por miedo a perder la llamada de nuestro grupo, elegimos quedarnos en esa tierra, sin tener en cuenta que hay una hora para presentarse. “¡Subamos a las atracciones entonces! Hay poca gente, vayamos a esta para comenzar. Mi hermano me dijo que es tranquila.” Nunca me había subido a Space Montain, por cobarde. Gracias al PhotoPass están documentadas caras de shock. Para arrancar la mañana nos resultó algo fuerte, que con el pasar de los días y las montañas rusas de Universal, se transformó en un recuerdo más leve. “Bien mami, menos mal que era tranquila… jajajaja” se reían mientras yo hacía mi mejor esfuerzo para que mi estómago y cabeza se alinearan con el horizonte, sentada en una banca. Astro Orbiter para hacer tiempo, otra maravillosa idea para mi tendencia a la descompostura por movimiento. Más tiempo en la banca. En ese lapso, comprendimos cabalmente lo del clima cambiante de Orlando: de estar fresco todos con buzo, de repente necesitábamos shorts y remeras livianas. Balde de pochoclo y vasos gratis de agua fría pedidos en el mismo kiosko – porque algún aprendizaje previo había que poner en práctica- se abrió un nuevo debate: porqué sólo hay salado y con manteca.

Después de haber pasado casi la mitad de nuestra mañana en Tomorrowland – gran error estratégico- subimos a Tron. La cara de felicidad de mi esposo, la adrenalina que desbordaba el cuerpo de mi hijo menor y la foto de mi hijo mayor con la cabeza agachada y los ojos cerrados, rezando, valieron que yo saliera dando tumbos. Recompuesta, comencé a preocuparme por el tiempo excesivo que habíamos estado en Tomorrowland. Mi sólido “Plan A” comenzaba a resquebrajarse.

Dispuestos a seguir recorriendo el parque, nuestra alegría y buena disposición se fueron diluyendo entre la inverosímil cantidad de personas que, se suponía, deberían haber retornado a sus hogares después del domingo. Evidentemente era un coletazo de las multitudes que atiborran los parques para Acción de Gracias, ya que según pasaron los días, no volvimos a padecerlas. Todo era un problema, caminar entre la gente y los cochecitos de bebés, evitar perdernos de vista o que algún despiadado motorizado nos atropelle. Se habla poco de la conducción temeraria de aquellos que usan vehículos eléctricos.

Y a todo eso, sumarle un poco de calor y humedad… era el caldo de cultivo para que cualquier intercambio trivial, escale a discusión absurda. Muchos te advierten sobre esto, y al igual que yo, creo que muchos lo subestimamos. Y pasa. En nuestra familia fue por la elección para almorzar. Llegamos como pudimos hasta Liberty Square, para intentar almorzar en Columbia Harbour House, de acuerdo al plan que había elaborado por meses. La cantidad de gente que había adentro era inimaginable. Cuatro largas y densas filas para pagar. Mis hijos y yo queríamos comer ahí, mi esposo odia esperar y las aglomeraciones de gente. Así aprendimos que los flat bread de Pinocchio Village House no están mal y que, si subís a planta alta y salís a la galería, se encuentra algo de lugar para sentarse.  

Piratas del Caribe les gustó a todos, es mi segunda atracción favorita, y no fue sólo por la mínima espera de 15 minutos. Pero después de hacer una hora de fila para Big Thunder Mointain sentimos que era una buena idea ir un rato al hotel. Incluso yo, renuente a sacrificar horas de parque, dejé de lado mis ganas de quedarme. Esta vez no iba sola y necesitaba reagrupar a la tropa que se me estaba desinflando por las multitudes. Por esto, como en una larga lista de detalles, hay que hacerle caso a los agentes: el tiempo es lo más valioso,  el Ligthning Lane no es un gasto, es una inversión. Otra lección aprendida para el próximo viaje.

Volvimos después de cenar temprano. Main Street todo iluminado y el Castillo de fondo los dejó anonadados. Quería capturar ese momento. Mi hijo menor bautizó “Las Innecesarias” a las filas del PhotoPass, pero son las que tenemos en portarretratos por la casa.

No sé por qué me quedó tan fresco en la memoria, el recuerdo de los cuatro sentados en el asfalto cerca de Casey´s Corner comiendo mini corn dogs y mirando alrededor. Sin fotos, sin atracciones. Será que estábamos ya más relajados o simplemente habíamos dejado de correr. Ese momento fue el ejemplo perfecto de lo que denominan disfrutar del ambiente y dejar fuir.

Preparados para Happily Ever After, con el que me emociono hasta las lágrimas en casa desde el momento que lo estrenaron, mi hijo menor comenzó a aburrirse y jugar con el padre y el hermano a empujarse. Pensé que nos podrían a sacar del parque para siempre. Cuando los comencé a desconocer como familia, empezaba el espectáculo. Nos había imaginado mil veces juntos viendo ese show, todos emocionados. Yo lloraba y cantaba, mi hijo mayor tenía los ojos aguados, mi marido estaba enloquecido con la nitidez de las proyecciones y la coordinación con el sonido y los fuegos de artificio, el más chico molestaba a los tres. Y en lugar de un abrazo familiar y cerrar el día como si fuera una publicidad, al grito de mi esposo de “agárrense y corramos a Haunted Mansion” salimos vengándonos de todos los que tenían cochecitos de bebés y carritos eléctricos porque nada nos impedía escurrirnos entre la multitud estancada.

Una última fila de 15 minutos, que en el mismo momento que llegamos crecía exponencialmente, mientras disfrutábamos de la vista del Liberty Square Riverboat todo iluminado reflejándose en la laguna y ya estábamos dentro de mi ride favorito. Por lo clásico, por lo ingenioso, por lo divertido, por todos los guiños que hay en la fila. Y para que el aprendizaje de que puede fallar se acrecentara, estando por incorporarnos a la cinta para subir al carro… Problemas técnicos. Dos minutos apenas, para que no se me paralice el corazón, y pudimos subir. Mi familia no bajó tan emocionada como yo.

Cerramos nuestro primer día de parques en el ferry agotados y con frío, pero genuinamente felices, mirando la luna llena más hermosa que hemos visto en esas vacaciones.

Los días que siguieron fueron menos accidentados o ya con ese primer día estábamos preparados para el “puede fallar”: ampollas en los pies de mi marido; tener que bajar en Hollywood Studios para que el mayor fuera al baño -si, era tema recurrente- en lugar de continuar hasta EPCOT y usar los colectivos de Disney no los del hotel en el que nos alojábamos; que no quisieran repetir Magic Kingdom -teníamos entradas para siete días y eligieron volver a Animal Kingdom-; el segundo día e EPCOT tener que volvernos recién llegados y después de hacer Soarin porque me había olvidado de tomar mi medicación diaria; The Land les pareció aburrido -lo sé, increíble-; prefirieron Fantasmic! a Happily Ever After. Mal que me pese, prefirieron Universal sobre Disney. No voy a negar que se hizo una arruguita en el alma con eso.

Pero con todo, y por más que fallen los planes y las expectativas se caigan, es imposible no hacerse de miles de recuerdos imborrables en un destino como este. Las caras de ellos tres al bajarse de cualquier montaña rusa, mi esposo como un niño observando los Stormtrooppers, los cuatro gritando arriba de los Banshees convencidos de estar volando por Pandora, cantando con ellos los clásicos navideños en Disney Hollywood Studios, mi hijo mayor viendo a mi lado el show nocturno en Hogwarts, el menor subiendo una y otra y otra vez a la Rip Ride Rock it, cada salida de los parques -que agotados, pero felices- en la que deshacíamos el camino para ir a descansar comentando todo lo vivido.

Por eso, -aún a sabiendas que los planes fallan- a leer mucho, planear lo que mejor se pueda, asesorarse con los que saben, pero -por sobre todas las cosas- ser flexibles en el proceso, no perder de vista que estamos de vacaciones, relajarnos para poder disfrutar del entorno y el ambiente, no obsesionarse con las listas de atracciones a realizar, restaurantes donde comer y snacks que probar. Que lo que lo hace inolvidable es disfrutar ese mágico lugar con la mejor compañía.

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